

Amen a sus enemigos
Un día, recité esta perla ante un joven con el que me crucé por casualidad en una recepción de boda.
Se asustó: «¡Pero eso no puede ser!»
Creo que lo que más le escandalizaba era tener que dejar también su túnica a quien ya se había quedado con el manto.
Tiene razón en que no hay que acostumbrarse a esta perla que nos golpea de lleno en la cara. ¡Está ahí para perturbarnos!
Y también en esto: Sí, no es posible... ¡sin la Gracia!
Y Jesús nos dio ejemplo en su Pasión: se dejó golpear, dejó que le quitaran la túnica...
Pero no se trata de pasividad, no se trata de dejarse esquilar o llevar al matadero por masoquismo. Es porque el verdadero objetivo es llegar al corazón del otro: «Acércate de otro modo a quien te golpea sobre la boca».
LA PERLA DE LA PERLA
El Evangelio, en la tradición oriental, no encierra a nadie en su pecado, ni siquiera en los pequeños detalles.
En nuestras traducciones habituales, ¡nos preocupamos por quien me roba! En la Peshitta, se trata de quien toma lo que es mío.
La diferencia es sutil: ¿quizás el otro no sabía que era mío? ¿Quizás tenía una necesidad apremiante? ¿Se puede realmente decir que es un robo y emitir un juicio moral al respecto?
Jesús es verdaderamente todo delicadeza.
Y, en el fondo, es mejor así, ¡sobre todo cuando soy yo el pecador!
El término «no reclames ante el juez» es interesante, pues más adelante tendrá muchos ecos en otras perlas.
El verbo reclamar debe entenderse en el sentido de «acudir a la justicia»: ante quien toma lo que es nuestro, por supuesto podemos ir amablemente a decirle que echamos de menos lo que nos ha quitado, aunque ¿y si él lo necesita más que nosotros?
Pero, sobre todo, Jesús nos dice que no reclamemos ante el juez. Ni ante un juez de la tierra, y mucho menos ante el Juez del Cielo. No maldigamos, pues, jamás a quien nos ha hecho daño y preparemos nuestro corazón para el perdón.
