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El árbol y sus frutos
                y de la abundancia del corazón

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No hay árbol bueno
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La parábola de los ciegos nos invitaba a no confiar en los rabinos terrenales, y sobre todo en los rabinos fariseos... a menos que nos arriesguemos a caer en un pozo: una inflación de enseñanzas que se vuelven estériles.

 

Así, con esta enseñanza farisea, la higuera de la sabiduría de Israel se ha secado. Y la viña del Señor está invadida por las zarzas.

 

Pero no se recogen higos de las zarzas o espinas, aunque, al principio, los dos frutos —el jugoso higo y lo que hay que llamar « gratte-cul» o  escaramujo— se parezcan un poco.

 

Lo mismo ocurre con las moras que se recogen de las zarzas: sin duda hacen las delicias de los niños, pero no valen tanto como los racimos de uvas maduras y bien dulces.

 

Y yo, ¿qué frutos llevo?

 

Dependerán de lo que tenga en el corazón: es decir, de lo que guarde en mi memoria, de lo que alimente mi reflexión espiritual, mi comprensión, de lo que «rumie» y que produzca el aceite de mi vida espiritual.

 

Así pues, lo que mi boca recitará es lo que he acumulado en lo más profundo de mi corazón, y eso es lo que producirá entonces buen o mal fruto.

LA PERLA DE LA PERLA


Nuestras traducciones habituales han perdido el encanto de la analogía entre el higo y la uva, comparados con la espina y las zarzas.

 

La parábola nos invita precisamente a fijarnos en el fruto del rosal silvestre comparándolo con el higo: verde al principio, tiende al rojo o incluso al violeta, y en su interior tiene pepitas. Muchas similitudes con el higo, pero esta fruta en francés se llama sencillamente «gratte-cul».

 

En cuanto a las moras que crecen en las zarzas, tienen esa estructura granulada que, vista de lejos, se asemeja a la de la uva. Sí, las moras no están mal, pero no tienen nada que ver con un buen racimo de uvas bien jugosas.

 

He aquí algo sobre lo que meditar, con las frutas en la mano, preguntándonos qué hay en nuestro corazón y cuál será su fruto: ¿un «gratte-cul»? ¿Un escaso jugo de mora? ¿O el buen y sabroso jugo del higo, símbolo de la sabiduría de Israel, o de la uva, que al ser prensada dará el vino de la alegría y la sangre de la Nueva Alianza?

“Necesitamos por tanto retomar el mismo fervor apostólico de las primeras comunidades cristianas que, pequeñas e indefensas, fueron capaces de difundir el Evangelio en todo el mundo entonces conocido mediante su anuncio y testimonio.”

​Benedicto XVI 

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